martes, 15 de diciembre de 2015

El Jardín de Cuernavaca



CUERNAVACA

No sé si te conté pero para mí la ciudad de Cuernavaca es muy especial. Ahí siempre he sido feliz. Siempre evoco Cuernavaca con una sonrisa, para mi representa el lugar donde he sido muy feliz por muchas cosas, y también donde de niño estuve a punto de encontrar la muerte.
Los exuberantes jardines, las variedades de plantas exóticas, las casas de fin de semana, el calor, las lluvias de locura en verano, los alacranes, los tabachines, las jacarandas, las bugambilias. El verde de impecables jardines, el azul obscuro de sus frescas albercas. El colorido de los mosaicos venecianos. Las fiestas en los jardines. El olor a habano. Yo creo que en Cuernavaca aprendí a amar los jardines.  Nunca he visto jardines más bellos que los de Cuernavaca.
Cuando era niño, íbamos muy seguido a casa de los tíos de mi mamá, Artemisa y Tomás Giner. Ella era hermana de mi abuela Gloria; él, de la familia de refugiados españoles que habían emparentado con la familia Sánchez a través de varios matrimonios, unos más trágicos que otros. Tomás Giner se había hecho rico con varias fábricas de troqueles, y habían decidido irse a vivir a Cuernavaca a una casa con un terreno irregular, donde subías desde la calle por una escalera de piedra rodeada de jardines y de macetas con naranjitas chinas. Llegabas a una alberca a la derecha con forma de haba y tortugas de mosaicos venecianos que nadaban eternamente en el fondo. La casa tenía una terraza afuera de las recámaras del primer piso que a mí me parecía sensacional. La pared más grande de la sala estaba forrada de bambú seco. La escalera, de troncos irregulares, tenía en sus descansos un par de tortugas disecadas, y en la pared un enorme y fastuoso gobelino que había sido de mi abuelita y que nunca entendí por qué había terminado colgado en esa pared y no en una mía.
El agasajo de Tomás –quien había vivido todas las carencias de la guerra - era tener su casa llena de gente y que hubiera siempre mucha comida y bebida. Grandes paelleras circulaban cada fin de semana en un enorme festín para propios y extraños. Ahí no hacía falta invitación. Cada sábado desde temprano desfilaban muchísimos amigos y familiares que “pasaban sólo a saludar” y curiosamente siempre aceptaban la invitación a quedarse a comer. Las mesas del jardín con sus sombrillas floreadas se llenaban de señoras que siempre usaban abanicos y que tenían nombres poco comunes como Juana, Elektra, América, Minerva, Amalia, Maruja, Milagros, Mili, Carmencita, Manolita. Tengo grabados en la cabeza sus acentos españoles y sus carcajadas. Los señores, más ruidosos y con acentos más marcados, jugaban dominó en las mesas de la terraza. A mí me gustaba jugar a hacer torres con las fichas de dominó de plástico negras o rojas hasta que algún señor venía a quitármelas y me desalojaba del área para empezar una partida. Ahí se jugaban también cartas que ellos llamaban barajas, en interminables partidas de Continental, Viuda o Bridge. También había tableros de damas chinas con finas canicas de colores brillantes, y palillos chinos.

 


El Ahogado


¡¿De quién es ese niño?! ¡¿Qué pasó, ya lo sacaron?¡ ¡Es el de Gloria¡ ¡¿Quién lo sacó?¡! El cuñado de Carmen! ¡¿Qué pasó?¡¿Respira?¡¿Qué pasó?!¡hijotooo!!
Después de caer de cabeza en la alberca y sin que nadie – excepto el señor que me salvó la vida se diera cuenta – y de ver una gran cantidad de burbujas azules y mis huarachitos cafés hundiéndome totalmente de cabeza en la alberca con forma de haba; salí a la superficie a la conmoción que se estaba generando en aquel jardín de Cuernavaca. Sin entender nada, me llevaron entre gritos y risas y acentos españoles y gente que no conocía a la recámara de visitas que estaba atrás de la sala. Mi mamá gritaba y lloraba como una absoluta y reverenda loca, con su típica cara de dolor de estómago. La fiesta se detuvo, los demás niños se salieron de la alberca, algunas tías la regañaban, otras le decían no pasó nada, al final todos los presentes se llevaron un buen susto. La perspectiva de un niño de 4 años ahogado en una fiesta porque nadie se dio cuenta de que se cayó  a la alberca era un panorama terrorífico. Yo me asusté mucho pero con todo esto que pasó después. No entendía por qué me desvestían y me secaban y tenía yo a tanta gente encima de mí y mi mamá lloraba. Mi tía Carmen la rica le decía “Mi cuñado es doctor, ¿quieres que te lo revise? Seguía yo sin entender nada y mi madre sufriente me subió a bañar al baño del pasillo de arriba. Tenía unos mosaicos negros con amarillo muy sicodélicos. Yo solo sentía en la garganta el cloro debido a los enormes tragos de agua que había dado. En eso asomó la cabeza por la puerta del baño Mili con sus enormes rizos rubios y su risa de niña muy contagiosa y seguramente medio borracha, con un tarro enorme de cerveza “Denle un traguito a la cerveza, la mamá y el niño, para el susto”. Creo que fue la primera vez que probé la cerveza. Un tarro muy espumoso.
Lo que había pasado es que yo estaba enfermo de la garganta y ese día no me dejaron nadar. Todos los demás niños eran felices en la alberca, los recuerdo gritando y mojándose mientras yo veía desde la orilla. Me prestaron un bote de plástico para jugar. Quise llenarlo de agua. Me agaché hacia el frente con mucha fuerza y el peso de mi gran cabeza me ganó. Me caí totalmente de cabeza en un par de segundos donde el destino quiso que todo el mundo que estaba en esafiesta estuviera volteando para otro lado. Un señor sentado en el fondo del jardín que seguramente estaba muy aburrido, me vio y vino a sacarme. No se aventó ni nada, solo se agachó, metió el brazo y me sacó fuera. No entiendo porque se armó tan escándalo afuera. Después de eso muchos años después, alguien de esa época me identificó como "El ahogado". 
El siguiente fin de semana, la alberca ya estaba rodeada por una elaborada reja banca que combinaba con los barandales de las terrazas. Sobre los pedestales que hacían de soportes, ranas y otros animales de piedra parecían observar a los niños que ahora no podían acercarse solos a la alberca donde casi se ahoga Paquito.
Lo siguiente que supe, fuimos un sábado perezoso en la tarde al hospital Humana en el Pedregal, a visitar al tío Tomás que estaba enfermo. Recuerdo cuando entré a saludarlo mientras se comía una gelatina. Yo creo que fue la primera vez que visité a un enfermo en un hospital. Yo tenía como 5 años. Fue, eso sí, la última vez que lo vi. Un cáncer en el estómago acabó con él en poco tiempo.
Se acabaron las fiestas llenas de amigos y risas. Afloraron las historias viejas y las promesas sin cumplir, los pleitos por la herencia;  y mi abuelita y su hermana más española se separaron para siempre. Sólo volvimos a su casa cuando ya Artemisa estaba enferma de cáncer también y vivía con extranjeros pues rentaba cuartos a través de una escuela de idiomas, para poder seguir manteniendo su casa. Ella ahora dormía en el cuarto de servicio junto a la cocina pues su enorme recámara del primer piso con vista a la alberca estaba ahora rentada a un sacerdote de Indiana que había decidido retirarse en Cuernavaca.  Poco después, mi abuelita se instaló en Cuernavaca para cuidar a su hermana menor en sus últimos días. Ninguna de sus parientas españolas apareció para cambiar pañales. Sólo la Juana, que vivía en la calle de atrás, llegaba todos los días fumando desde temprano y  para ayudar en lo que hiciera falta. Después llegó también la tía Eva, la hermana más grande de la que nunca nadie supo su edad – “yo era chiquilla y Eva ya era grande”, decía mi abuelita-. Eva dijo después que había sentido la visita de la muerte. Lloró desconsoladamente pues se quedó dormida justo cuando Artemisa murió en medio de la noche. Al otro día en la mañana, antes de que nadie supiera, sus hijos se la llevaron a incinerar. A mí me despertaron con la noticia y nos fuimos todos temprano a Cuernavaca. Vi desfilar otra vez por el jardín –seguramente por última vez- a varios conocidos muy nice de mi tía, que llegaban con lentes oscuros a dar el pésame y que se encontraban conmigo y con mi hermana informando que ya se habían llevado el cuerpo a incinerar. Después pensé que por qué no les dimos una libreta para que escribieran algo. Por lo menos sus nombres.
Qué duro saber que no volverás a ver nunca a alguien. Yo cuando me despedí de mi tía unas semanas antes – había ido a Cuernavaca a quedarme en su casa pero mi interés era ver a mi amiga que se acababa de mudar allá, a otra casa muy bonita también con alberca y jardín, como todas, ¿no?- supe que no volvería a verla. Cuando mis papás llegaron por mí el domingo después de mis aventuras de sociales en la ciudad capital del estado vecino, y bajé al coche mi maleta azul de Ralph Lauren por la escalera de piedra, se me empezaron a salir las lágrimas sin darme cuenta. Sentí que mi tía iba a morirse pronto. A los dos días, me despertaron para irnos todos a Cuernavaca. Al entierro de la tía. Nunca he regresado a esa casa tan bonita donde nos servían atole y tamales en el jardín en una hermosa vajilla alemana.  No creo regresar nunca. Seguro no me gustaría. El otro día besé a un señor que fumaba un puro. Con los ojos cerrados y sintiendo su tupido bigote rozar el mío, no pude evitar viajar a ese jardín de Cuernavaca.

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